En esta era digital los datos se han convertido en el nuevo petróleo, que cada año crece de manera exponencial, pues gracias a ellos las empresas mejoran sus decisiones y por tanto su eficacia y eficiencia, por ejemplo, las empresas de seguros pueden evaluar mejor sus riesgos a la hora de contratar una póliza, en el sector financiero pueden advertir con antelación una estafa, y así un largo etcétera.
El caso del medioambiente no es la excepción, aunque hasta ahora el sector es en gran medida analógico, esto puede y debe cambiar ya que ahora estamos expuestos a recibir el impacto de la naturaleza de forma más severa debido al cambio climático, por lo que se necesitan soluciones eficientes y contundentes.
Si durante mucho tiempo el estudio y mejora del medio ambiente era cuestión de científicos e investigadores de universidades o centros tecnológicos, a través de artículos científicos, la tecnología nos permite llevar todo este conocimiento del papel al ámbito digital.
Tecnologías como el Big Data o la Inteligencia Artificial, nos van a ayudar a procesar las grandes cantidades de información que se necesita gestionar para poder conocer cómo evolucionamos, evaluar y predecir con mayor precisión los impactos y, al mismo tiempo, eliminar las incertidumbres que años atrás giraban en torno al cambio climático.
Pero, más allá de tener un diagnóstico de nuestra situación actual, necesitamos conocer qué acciones serán las más eficientes a la hora de establecer estrategias de mejora y dónde deben ser aplicadas, para tratar de obtener mayor impacto social y ambiental.
Esta es otra tarea que en el ámbito medioambiental está por desarrollar y es contar con indicadores cuantitativos, más que cualitativos. Durante mucho tiempo, cuando se preguntaba cómo había funcionado una determinada estrategia o acción de mejora del medioambiente, se respondía “bien”. Esto se debía que no se tenía información que se pudiera medir con datos objetivos para conocer cuál era su impacto real.
Pero ahora se pueden tener respuestas a estas preguntas, la primera de ellas era ayudar a decidir dónde se deben llevar a cabo las acciones de mejora medioambientales (eficiencia) para, después, poder determinar qué acciones iban a ser mejores que otras (eficacia).
Los datos han permitido medir el impacto que están teniendo las estrategias de mejora que se aplican y evaluar, de forma continuada, qué zonas son las que se deben mejorar, lo que permite participar de forma activa en el proceso de mejora de la calidad ambiental de los entornos urbanos.
Con información de Diario Responsable
